Hoy siento agotamiento mezclado con enojo. Un enojo derivado del desgaste. Supongo que si junto ambos fenómenos, a lo que siento le puedo llamar erosión. Definitivamente funciona: visualizo la montaña de piedra rojiza, como del Gran Cañón, toda lisa, redonda, suave, llena de alveolos, delaminada y carente de asideros y detalles fisiológicos. Una esfinge que ya ha perdido el rostro frente al viento.
No deja de sorprenderme cómo las fuentes más grandes y poderosas de felicidad en la vida, como el amor mutuo de la pareja, el amor incondicional de la mascota, los placeres de la carne, los del intelecto, se pueden convertir instantáneamente en fuentes opuestamente fuertes de sufrimiento, enojo, tristeza, locura, venganza. La otra cara desgastada de la moneda; el viento que refrescaba la mañana y que se convierte en tornado por la tarde.
En mi caso personal, la erosión parece la analogía perfecta. Siempre veo la manera de resistir los embates de la intemperie, como consecuencia, se necesita dinamita para poder mirar lo que hay en el interior. Y entre detonación y detonación, siempre esta soplando el viento de lo cotidiano.
Es perfectamente normal, yo lo sé. Pero a veces se vuelve tan complejo. Y tampoco puedo evitar sentir que parte del conflicto interno, normal en la pareja sigloveintiunera, parece derivarse de dinámicas que, casi con certeza y aplastante mayoría, no existían en la convivencia occidental heteronormada del pasado.
En otras palabras: de ciertas dificultades de comunicación surgió el connato de bronca que dejó a ambas partes resentidas mutuamente. No tanto como lenguajes distintos entre mi pareja y yo, sino más bien como dialectos similares pero suficientemente distintos para ocasionalmente terminar en pleito entre pueblos de la misma región. Como malentedido intramarital, fue ocasión para ir esculcando en el respectivo cajón de las afrentas pasadas que cada uno lleva consigo. Aunque son pocas y procuramos vaciarlas de vez en cuando, siempre existirán y siempre habrá algo en su interior.
Esto llevó al tema general de la falta de comunicación y se le añadió la decoración barroca de mi naturaleza de piedra lisa, sin características pero difícil de demoler. Lo cual me hizo pensar en que, curiosamente, esta clase de roces existe precisamente porque en mi propia deconstrucción y renovación de software de hombre contemporáneo, abanderada y asesorada principalmente por mi pareja, permite que estos roces se den.
De ser, literalmente, mi antiguo yo, no habría nunca pleito. Me tragaría mis palabras, mis quejas, mis incordios, mis desacuerdos, mi malentendidos, mi sordera, y ella, feliz como la famosa lombriz, en su ignorancia ciega derivada no de la malicia, pero sí de una tendencia al egocentrismo del cual le he hablado en el pasado. No como egolatría, más como caballo de calandria que solo ve a una dirección, la cual fue a menudo, su interior.
Así como yo estoy actualizando mi funcionamiento, ella también hace su propia lucha al respecto.
Luego de pensar esto, imaginé a la masa boomer, como zombis de película, diciendo: ¡ven! ¿de qué carajos sirven sus deconstrucciones, sus terapias, sus valores, sus aperturas, sus vulnerabilidades y sus asertividades si en lo único que devienen es en más conflicto, más constante y más personal? Ciertamente, alguien que estuviera en contra de los valores más actuales, entre millenials y los Gen Z, en pro de los anteriores, incluso les devolvería su propio argumento de que es un proceso que jamás se acaba, nunca llegas a la meta de la invulnerabilidad o de la felicidad perfecta o de la desaparición del conflicto. Entonces, ¿para qué?
Ahora, nótese: No estoy diciendo que estén en lo correcto los zomboomers de mi cabeza. De hecho no concuerdo. Simplemente veo cómo estas gentes podrían estar torciendo las cosas en favor de su propia discapacidad emocional. Y entonces me pareció difícil encontrar argumentos sólidos para decirles: serás vulnerable y te lastimarán y llorarás el resto de tu vida, ¡esto es mejor! ¿no lo ves?
Yo sé que no puede ser mejor si tragarte tu propia mierda te terminará causando cáncer tanto de hígado como de estómago. Pero a veces se extraña la inmutabilidad de la tozudez, la piedra volcánica recién expulsada del fuego y que simplemente se queda en el paisaje, existiendo pese a los elementos.
Ya se sabe cómo la erosión arrasa igual con la caliza que con la toba y el granito. Algunas muertes sólo llevan más tiempo en consumarse. En este caso exagero las imágenes, porque hablo sólo de que hoy amanecí cansado, de malas, irritado por las secuelas del encuentro y odiando a la humanidad entera. Me duele la cabeza y por alguna razón satánica, el café no me está ayudando para nada.
Mañana será otro día y cómo argumenté en mi Defensa del sordo mecánico, «lo que necesitamos es paciencia. No es eso lo que se nos está agotando, eso es la tolerancia. Y para sobrevivir a cuando los depósitos locales de tolerancia se agoten, lo único que nos va a salvar es la paciencia mutua». Así, aunque la tripa quiera estrangular a todos los boomers trumpistas del universo, hay que tenerles paciencia también, incluido nuestro boomer interno, porque al haber sido criados por ellos o por gente criada por ellos, la carga generacional se hace sentir a cada tanto y dan ganas de volverse salvaje, mandar a todos al diablo y ponerse en la cima de todo y decir: ¡háganme caso porque yo lo digo!
P. S.: Este válvula de alivio se hizo y mantuvo como borrador desde por ahí del 10 abril. El agotamiento específico no es del día de su publicación (hoy) sino de aquel. Pero, como dicen, dejé reposar la carta antes de enviarla. Luego recordé que, al final, este es mi vertedero y que esté no esté esta maraña no afecta a nadie ni a nada. Así que la revisé por encima y dejé que las marcas de la erosión se lucieran orgullosas, si bien, provenientes del pasado.
