La paradoja
de dos fotones aleatorios
que se encuentran en un punto
particularmente frío y vacío
del Vacío
desata la concurrencia celeste
y las danzas de los vapores mecánicos
sincronizados con precisión atómica.
La oposición idéntica sucede
al otro extremo del diámetro
de un universo probabilísticamente esférico:
la máquina del reloj absorbe un tock,
la vibración de las partículas se detiene
mientras éstas devoran un tick,
y la danza se rehila hacia su centro.
La mecánica, en su saber, se des-arma.
Y en aquel engranaje retrógrado
un punto infinitesimal se llama como yo,
o al revés.
Y sigue atrás con su vida:
Sale de la tumba,
retirándose del quirófano,
volviéndose a meter en la cama de la ex-ex,
viendo a sus hijos desaparecer en su vientre,
se mira el cuerpo mallugado y lo vuelve al asiento del coche
y le devuelve sus conocimientos a los maestros de su infancia.
Hasta que se encuentra en brazos de la madre,
quien lo coloca en la cuna con amor infinito,
la noche antes de hacerlo desaparecer también a él.
Si no hubiera otro humano
o ser pensante en el cosmos
para que supiera o viera
la belleza de la rima autófaga,
el juego infinito de espejos se quebraría
y sus trozos ya no multiplicarían la vida
ni la luz, ni la sombra.
Para que uno exista,
ya sea que vaya hacia atrás o hacia adelante
y no se disipe en el viento cuántico,
es necesario que exista el otro,
el opuesto que no es contrincante
sino contrapeso,
extremo del péndulo,
contrapunto,
imagen en negativo,
suspiro inspirado,
lágrima bienvenida,
Señor del Dolor.
La imagen de encabezado representa «Las Tumbas de Tiempo» de la novela de Dan Simmons «Hyperion» y la tomé de acá
