Soñé que estaba en casa de mis padres en GDL y que, de algún modo, en lugar del patio había una playa como de Mar del Norte: fría, gris, con un enorme muro natural confinando una franja de arena entre el desfiladero y el mar plomizo.
Y allí comenzaba, por supuesto, una invasión Alien. Y digo Alien con mayúscula porque me refiero a EL ALIEN, hijo de Giger: una enorme fila de xenomorfos grises, caminaba por la playa, todos en orden y erguidos pasando por donde yo estaba.
Lo raro de estos Aliens es que estaban como en orden militar y no en modo salvaje asesino, como sabemos que suelen ser. Pasaban frente a mi como buscando «por donde entrar», según yo entendía mágicamente en el sueño. Ahora que escribo despierto, supongo que la casa de mis padres actuaba allí como especie de portal de aquella playa acerada hacia GDL.
Su fila pasaba frente a mi en lo que es uno de los cuartos de la casa paterna, pero cuya pared del fondo daba directamente a la playa. Como una escenografía que se hubiera montado incompleta y en el sitio equivocado.
Lo único que hacían los Aliens al verme era tomar algunos una roca que les quedara al paso, seguir avanzando en fila y lanzármela con bastante dificultad al pasar frente a mi. Yo esquivé todas pero recuerdo haber pensado, primero, en mi amor por la criatura del icónico filme y franquicia.. Es decir, era casi un honor que intentaran atinarme con piedras. Luego, conforme esquivaba las piedras del tamaño de sandías, comenzaba a pensar que aquello iba en serio y, curiosamente, sentía una especie de decepción honda.
Tomé alguna roca a mi lado y la lancé contra la fila de xenomorfos. Como a menudo pasa en los sueños —los míos pues— la gravedad presente era mucho menor a la de nuestra querida Tierra. Por ello, las piedras, aunque pesadas, caían con cierta lentitud una vez recorrida su parábola. Pese a la suavidad del trayecto, la roca aplastó la cabeza de un Alien —no brotó ácido como debería, por suerte— y simplemente siguieron marchando y arrojándome sin muchas ganas más piedras.
Después de derribar a algunos más regresé por el portal del cuarto/playa a la sala de la casa donde, al parecer todo mundo dormía. Supe, pues que si no tenía cuidado los Aliens verían cómo entrar a la ciudad.
Luego, por alguna razón que se me escapa, encontré a mi papá, al perro que ellos tienen en casa, el Hachi y a mi gato Iroh —que jamás ha estado en GDL— Entonces los cuatro corríamos a darle la vuelta a la cuadra donde hipotéticamente iban a salir los Aliens. Es decir, su fila marchaba sobre la playa pasando la entrada a casa de mis papás, como si playa, desfiladero y mar se encontrarán al centro de aquella cuadra.
Una vez en la otra esquina de la manzana, el plan era entrar e ir matando Aliens conforme fueran entrando a la otra casa que en el sueño tenían mis papás, que en la realidad no les pertenece ni está en tan deplorables condiciones como en mi sueño.
El perro y el gato eran difíciles de mantener en el objetivo. Luego de correr hacia la casa se asustaron, pero se mantuvieron en la entrada de aquella casa. Sintieron la presencia alienígena y se erizaron. Tanto, de hecho, que cuando tomé al gato, en lugar de sólo estar erizado, su pelo se había convertido en algo similar a la lana de un borrego y recuerdo haberle dicho que se había convertido en una palomita de maíz.
Desperté justo antes de que entramos en la casa a matar Aliens en la cuadra de la casa de mis padres en GDL. Sueños de pandemia, les ha dado por llamarlos. Eso y mi amor por Alien y el maestro Giger.

El póster de Alien: Covenant del encabezado lo tomé de acá. La foto del xenomorfo del final es mía, tomada en la exposición Giger: solo con la noche (días antes del Gran Encierro por pandemia).
