Apoyo familiar (Sueño 6)

Soñé que íbamos a casa de una persona que en la vida real conozco desde hace un tiempo, que tenía en muy buena estima y hasta le estaba agradecido por diversos motivos y que, pese a la relación y consideración mutua (o la que yo pensaba que era mutua) cayó de mi gracia de forma estrepitosa hace no mucho por sus actitudes rayanas en la traición y la desconfianza absoluta.

Por su puesto, la casa del sueño no es la casa de X en la vida real, la cual de hecho no conozco. Así funciona el reino onírico. Lo más gracioso y escandaloso de mi sueño es que en el proceso que describiré mis cómplices eran mi papá y mi mamá.

Llegábamos a la casa de X que, según mi sueño en Coyoacán, aunque en realidad parecía un chalet de la colonia Americana de Guadalajara. Les mostraba desde la calle a mis padres la casona con jardín y alberca y ya saben cuánta cosa de gente rica.

Justo en ese momento llegaba X con su familia de unas vacaciones. No, no era coincidencia. Mi mamá se escondía en un coche que llevábamos y mi papá y yo en una camioneta Xtrail también nuestra.

Vimos cómo se iban metiendo a su casa. Una vez que estuvo X con su familia en el interior —aunque sus ventanas eran muy grandes y transparentes por lo que seguíamos viéndolos y probablemente ellos podrían habernos visto a nosotros— nos preparamos: pintamos allí mismo y con brochas nuestros dos vehículos a fin de cambiarles el color.

Luego vimos que X y su familia salían del edificio principal para ir a su sitio de descanso: un edificio anexo frente a la piscina dónde tenían una terraza e instalaciones nada discretas.

Entonces actuamos. Mi papá y yo nos robamos la camioneta en la que recién habían llegado ellos, curiosamente otra Xtrail. Me subía yo y al principio perdía el control por no sé que cosa del motor y cómo lo tenían adecuado y, al lograr hacerlo arrancar, la camioneta saltó y salió volando a gran velocidad.

El resto del sueño es como jugar Grand Theft Auto e intentar manejar siguiendo las normas: imposible. La camioneta se me resistía por las calles irregulares de la colonia boscosa y nice en la que estábamos. Chocaba con montón de vehículos y esperaba que la huída terminara pronto, pero como en el videojuego, nada ni nadie se me oponía realmente.

No dominé el vehículo hasta que llegué a un parque donde lograba detenerlo y llevarlo tranquilamente por los caminos interiores del mismo. Mis papás iban en los dos vehículos extras detrás de mí y no presentaban muestras de estar agobiados por la accidentada escapada.

Finalmente, llegábamos a un taller o negocio similar donde, de algún modo, desarmaban en tres partes la camioneta, la empaquetaban y me la daban. Se había convertido en tres paquetes ligeros y manejables que podía cargar yo solo. De ahí, mis padres y yo nos dirigimos a nuestra casa a cosechar el producto de una ‘buena acción’ sintiéndonos como unos Robin Hoods plenos y realizados.

La imagen destacada viene de acá.

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