Tenía veinte minutos —tal vez poco más— de haber puesto pie en la ciudad de Oaxaca. Cenamos una torta a lo gordo y subimos a un taxi. Pocos cientos de metros más adelante nos detuvimos ante la luz roja. En ese ínter el coche jamás dejó de moverse. «Esta carcacha se va a desarmar ahorita» …
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