Depredación

No son muchos los momentos en que pienso concretamente en qué es lo que quiero hacer, pero cuando acuden a mi, me agarran como lagarto para dar el giro de la muerte. Esos instantes de lo que llaman el existential dread, un miedo que viene del interior de los pilares con que cada quién cimienta su vida y su persona, sea de forma consciente o no, y los sacude y dobla como popotes.

Uno de esos reptiles prehistóricos es justo ese del qué vas a hacer con tu vida, qué legado dejarás y en el punto en el que la pobre extremidad está por dar el chasquido de despedida, la remata con el colmillazo de si no vas a tener hijos qué va a quedar de ti tras tu muerte. ¡Chsk!

Como soy el amo y señor de torear y esquivar en el último segundo estos intentos del mundo y del exterior de hacerme reflexionar en asuntos que me incomodan, regularmente algunos pases del capote y los dejo que se sigan de largo, exhaustos pero esperando atacar otro día (Nota relevante: odio la tauromaquia, número uno entre las herencias culturales que sí deberían desaparecer para la mejora del mundo).

Pero en ocasiones, el paso falla y la danza se convierte en lucha. En el caso presente, cuando siento las mandíbulas del futuro y el legado, ésta me termina arrastrando hasta su madriguera más profunda donde no me queda más que contemplar el universo vacío, las estrellas muriendo y yo ya como átomos de polvo o restos de polvo lanzados al espacio gris antes de que la entropía lo gobierne todo en la inmovilidad absoluta y pastosa. Termino en lugares muy densos y salvajes de los cuales logro emerger rato después sin haber encontrado alguna pepita de aprendizaje, moraleja o siquiera consuelo.

Eso era así hasta hace uno días. En mis intentos cíclicos de decadencia, reflexión y acciones de mejoría, estoy retomando muchas cosas que la vida me hace dejar de lado. Además de esto de escribir, está el leer de nuevo como hábito y, sobre todo y de más impacto reciente: volví a mi antiquísimo amor por los videojuegos. Hacía más de 15 años que no tenía yo una consola o medio real para jugar. Durante esos 15 años debo haber logrado instalar en mi laptop francamente veterana unos no más de 7 u 8 juegos que pude jugar gracias a la capacidad en PC de modificar los juegos, en este caso para bajar la calidad de los gráficos hasta el nivel de patata y que así pudiera alcanzar los cuadros por segundo necesarios para crear la ilusión de juego y movimiento.

Ahora, hace año y medio que cumplí un sueñito y compré mi PS5 (siempre fui chico PS) y lo he disfrutado como un condenado a su última cena. En este periodo me encuentro todavía en proceso de tratar de ver todo lo que me perdí en década y media. Cosas que ya son parte del núcleo cultural de ciertas regiones o grupos de personas, casi cultos, devociones de personas a juegos, historias, mecánicas y hasta estudios particulares. En este ponerme al tanto he variado la calidad y tipo de juegos. Aun falta muchísimo y esto me da alegría.

A lo que voy es que, en este proceso, al igual que al volver a escribir y a leer, un tipo de necesidad se satisface pero a la vez otro nace y crece. Un hambre distinta y que con esta actividad no solo no se acalla sino que se para en dos patas y comienza a rugir. Ya pasado el impacto uno la reconoce: ahora la bestia no solo quiere consumir, quiere crear. Empieza el vértigo creativo que me apaña de vez en cuando y que casi siempre también logro esquivar. Pero al ir resucitando músculos ya necrosados en estos días, no puedo evitar pensar en que, desde luego, una de las cosas que quiero hacer es un videojuego.

Y entonces por fin conecto los puntos, no con la certeza de quien encuentra su vocación por conexión ultrasensorial con el consciente universal o por mandato divino, como nos platican las películas. Solo fue una sensación traducible a no veo por qué no. Es más una decisión consciente de este momento que el llamado vital; una idea que se siente bien, aunque sí que proviene de un llamado visceral que solo descansa y se repone más no muere:

Independientemente de su calidad, éxito o trascendencia…si me voy de esta vida habiendo publicado un libro, hecho una película, publicado una novela gráfica con mi mujer y creado un videojuego, podría (llegado su momento claro, sin acelerar nunca las cosas) darle gustoso mi brazo izquierdo al cocodrilo cósmico para que me moliera y así, sin mucho arrepentimiento, devolver mis átomos al éter.

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