Desguarnecerse

Me dieron una noticia potencialmente terrible hace unos días. Fue por teléfono. Mi pareja estaba a mi lado (estábamos en el supermercado, rodeados de gente estorbosa con sus carritos) y al terminar la llamada instantáneamente me preguntó cómo estaba. Estoy bien, le dije. Y no era mentira. Me encontraba en esos umbrales extraños que nos pasan a los humanos cuando caen noticias o eventos muy serios, grandes, importantes. Pueden o no ser malos, pero el impacto de que hablo viene de la magnitud. Pasaron los minutos mientras le contaba lo que me fue anunciado y me abrazó y me confortó. Pero al irlo desarrollando me di cuenta, a través de atisbos breves entre la niebla de la confusión, que la superficie del lago, debajo de dicha bruma rápida, estaba en calma.

Curioso, pensé. Había supuesto que las noticias de ese tipo me pondrían muy mal muy rápidamente. Gracias a los dioses no he recibido muchas de esas en lo que llevo de dar tumbos, pero igual son sacudidas que se aprenden hasta socialmente y por ósmosis. Claro, el efecto y sus secuelas varían cuando el trancazo ya le toca a uno. Parte de ese pánico que esperaba era la reacción lógica de mi cerebro entrando en overdrive, echando fuego de más a la caldera hasta descarrilarse en un espectáculo morboso. Llevo probablemente haciendo esfuerzos conscientes por reducirle los privilegios de administrador a mi cerebro y dándole el volante lo más seguido que puedo a mis tripas, al instinto. Visiten un post aleatorio de este su blog y estoy seguro que uno de cada tres intentos los llevaría a un vómito en el que estoy yo en medio de la pelea a muerte con cuchillos entre mi Instinto y mi Razón. Con esto en cuenta, hay que decir ya que las aguas calmadas que percibía debajo del vendaval eran las del Instinto.

Claro que conforme más lo empezaba a rumiar mi cabeza, comenzaban a surgir las dudas y los temores y los escenarios. Pero, sinceramente, con casi 24 horas de por medio puedo decir que no. Este anuncio potencialmente terrible, me dicen mis vísceras, no se consumará. Su potencial no será más que eso, posibilidad que no se realizará. Lo sé, y ya. Es más, horas después, mi pareja y yo coincidimos, ya haciendo uso de la Razón pero guiada por la certeza del Instinto (y no al revés, que puede ser receta de desorientación) llegamos casi certeza absoluta de que todo estará bien.

2da visita a esta borrador: ya nos acercamos a las 48 horas después del anuncio o advertencia, casi. Y me mantengo confiado en el camino que abrieron las entrañas y las piedras con que el cerebro lo pavimentó. El anuncio no es sobre mí, si es que el improbable lector está, en este punto, asustado por su servilleta. Estoy sacando sólo lo que me hizo sentir pues es cuestión personal y familiar. Siento que así conjuro las malas vibras, las disipo con mi linternita y les meto un plomazo después. Es como contar un sueño malo para que ya no se materialice en el mundo de la vigilia, o no contar uno bueno para que sí suceda.

En fin, solo quiero decir que sigo en mi batalla por escuchar a mi Instinto. Las veces que lo he hecho he llegado a buen puerto. Aun así, por algún motivo me cuesta quitarle las riendas a mi cabeza y dárselas a la entraña. También escribo para decir que me preocupé (sigo, un poco a causa de que la moneda sigue un tanto en el aire) harto y que no sé bien cómo responder a esta clase de situaciones, pero supongo que en realidad nadie sabe ni existe una forma adecuada o ideal de hacerlo. No realmente y esa falta de asideros es lo normal. Y esa falta de asideros me da miedo y ansiedad, pero parece que es uno de los métodos para despertar al Instinto y hacerlo hablar de forma que el resto de mí pueda escucharlo e incluso permitirse sentir esos sentimientos horribles que vienen con el paso del tiempo, con la vejez, con la vida humana y sus ineludibles caminos.

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