Curaduría

Siento que sufro una especie de estancamiento temporal general. A veces, cuando pienso en el pasado, el pasado remoto lo siento cercano y el pasado reciente empieza ya a desdibujárseme, carente de raíces profundas. Creo que en parte es algo común y natural. Se dice que las cosas que mejor se conservan en el congelador que es la memoria humana son las que se introducen primero en él, durante el paso de larva a juvenil. Cuando el cerebro es materia maleable y modelable. Puedo recordar canciones, olores, lugares y esas atmósferas de que hablé en otro post. Soy el prototípico millenial que sigue pensando que los años 80 fueron hace 20 años. En mi cabeza, mi hermano menor, que ya entró a los 30 años, sigue siendo un puberto que iba a la secundaria hasta Tonalá.

Creo que a todos nos pasa en mayor o menor grado. Pero me sorprende mi propio nivel de ¿desapego? con eventos más recientes que otros involucrados se saben al dedillo y yo apenas si recuerdo la generalidad. Me parece que el proceso sí se ha visto intensificado por mi propio ensimismamiento o recrudecimiento de los valores introvertidos de mi médula ósea conforme han pasado los lustros. No por que crea que estos eventos recientes carecen de importancia o relevancia; mas bien porque el retraído en mi no quiere darles la importancia que pueden o no ameritar.

Esta delgadez en mi memoria se intensifica en el periodo entre que salí de la universidad y hoy; es decir, toda mi vida de adulto independiente. Pero, de hecho, los primero años de ésta se proyectan muy claros en la pantalla de mi corteza cerebral y, conforme pasa un año y luego otro, se va perdiendo la nitidez y la profundidad de campo. Insisto, no en general, cualquiera que sea el pistón de mi memoria, es selectivo respecto a qué lo hace saltar y qué no.

Veo un paralelismo y sé que puedo no estar tan equivocado: dicen que la mejor manera de forjar recuerdos es salir y tener vivencias, experiencias, vivir acontecimientos ricos, diversos y distinguibles entre sí. No hablo de puros viajes épicos ni aventuras generacionales. De lo que sí hablo es de que, grandes trechos del recuerdo de ese periodo se constituyen de estar en casa (donde quiera que ésta haya estado geográficamente) con mi familia: mi pareja y, en su momento, los gathijos. Muchos largos y calmados días de simplemente estar juntos juntos o juntos solos, pero compartiendo espacios y calores. ¿Está mal eso?

Yo sé que no. Mi naturaleza es encabronadamente hogareña, pero corro el riesgo, en esto y en todo, de caer en el exceso y el abuso. Sé que mi pareja se harta más fácil que yo de competir con los gatos en bostezos y estiramientos. También sé que la sociedad actual romantiza, principal pero no únicamente, un estilo de vida de viajero, de aprovechar cada día, de salir a descubrir cosas nuevas, o de viajar por el mundo para experimentar sensaciones diferentes. El problema no es esa mentalidad, creo. Yo quiero hacer todo eso, y en algunos casos ni mi propia pereza monumental me podría detener. ¿Pero qué hay del impedimento económico? El influencer cancerígeno te hace sentir que desperdicias tu vida si no has tomado café en una azotea marroquí al atardecer, ¡pobre diablo!

Debo encontrar el balance, porque tampoco me parece que salir por semanas a conocer el mundo mientras los gatos se quedan solos en casa sea algo que un humano con conciencia, corazón y cabeza deba querer. Sí hay que aprovechar la vida y el tiempo, pero eso los incluye a ellos. Son un compromiso que uno aceptó gustoso, no como una carga sino como un ofrecimiento, y uno debe cumplir con lo que prometió. Yo creo hacerlo, más por amor que por compromiso, lo cual creo es aun mejor, aunque no inmune a tropiezos.

En este sentido, ¿cómo sé cuánto y qué viviré? En 15 años podré materializar recuerdos nuevos en otro país con mi pareja o dicho país se habrá vuelto un emborronamiento de lo que fue. Porque también el tiempo transcurre afuera y los bichos y los monstruos que creíamos erradicados han hecho su regreso como la secuela pésima que nadie nunca pidió. Hasta la geopolítica se está entrometiendo en los recuerdos del porvenir, les llamaría Garro.

El recuerdo ahora se llena de otras cosas, viejos amigos que han regresado, no solo fantasmas de regímenes expulsados de la sociedad. Reencuentro formas que me permiten definir, como el cincel de un escultor, las masas de cosas que hay en mi cabeza. No sé si es mejor que tengan figura y forma definidas. ¿Quién sabe qué de los mecanismos mentales es mejor que lo otro? Creo que este es uno de los pasos que debo dar próximamente: aprender a dejar de verme y juzgarme a través del espejo del otro. Pero eso lo dejaremos para otra ocasión.

Hoy, en términos extremadamente amplios y generosos (porque saben que yo divago como si me pagaran por ello) lo que quise decir es que mi memoria guarda cosas con un cariño que yo mismo no comprendo y desecha otras de las cuales le reniego. Al final, tal vez, como todo lo que sobrepienso, esto clavándome en la textura y no estoy viendo el plan maestro y paradójico que tiene mi memoria guardada para enseñarme en un futuro: como si ahora el recuerdo almacenara las piezas que va a usar en una exposición sorpresa curada específicamente para un momento del futuro que, o sabe que llegara sin importar nada o que bien podría no cuajar como se había planeado.

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