Atmósferas

Son las emociones, o mejor dicho, las sensaciones, creo, las que más que cuesta describir. Me dicen que tengo adecuado conocimiento para el uso de letras y palabras. Mi autodesprecio, por default, me dice que es únicamente en cuanto a comparación con el resto de mis contemporáneos. Y bueno, ante eso no tengo mucha objeción. Pero con este mucho o poco, o nulo, uso decente de la lengua ibérica versión mexa 3.0, hay cosas que a mi ser individual le cuesta muchísimo alquimizar en signos y fonemas.

Y, con sensaciones me refiero (nótese el esfuerzo de ir de lo general a lo particular), en realidad, a ciertas atmósferas. Creo que éstas son de las cosas que más se me quedan en la memoria, así como el olfato activa la de unos y la música la de otros. No sé si esto es más complejo o solo más ambiguo; es decir, no se si es porque mi cerebro es extraquisquilloso o porque es tan poco minucioso que me hace sentir recuerdos de forma nebulosa…pero intensa, a veces.

Por falta de una mejor palabra llamaré a estas cosas, atmósferas. Escribiendo esto recordé una de las mejores series (temporadas, pues) de la historia de la TV: True detective. Ya saben cómo es el Internet. Recordé una línea de Rust en que dice que percibe psychospheres y me dije, Nunca entendí bien a qué se refería y puede que sea a lo que yo también quiero poner nombre justo ahora. Pero unos clicks luego me di cuenta que la psicósfera es una cosa totalmente distinta, aunque igualmente interesante.

Me refiero a una conjunción particular de cosas que, casi siempre, requiere o involucra todo mi cuerpo percibiéndolas en el ambiente: cierta temperatura junto con cierta humedad, ambos en consonancia con determinados aromas en el aire, éste corriendo o caminando a alguna velocidad, generando determinados sonidos en el ambiente, mismo que puede estar en un silencio o ruidajo particular y, otra cualidad que creo haber detectado, cierta calidad o tipo o intensidad o color de luz solar (o la ausencia de ésta). A veces el que yo, mi cerebro y mi cuerpo estemos en determinadas circunstancias o humores es parte importante en la detección e inmersión en las atmósferas. O sea, el instrumento se vuelve parte de la medición.

Una de mis atmósferas predilectas es el viento fresco (no helado), corriendo moderadamente pero con suficiente fuerza para que las hojas de los árboles generen un murmullo colectivo. Este viento, a su vez, trae desde algún sitio un olor similar al petricor, pero no necesariamente idéntico o no la versión más obvia, por así decirlo, del petricor (que también es de mis aromas atmosféricos favoritos). Un perfume más bien tirando a boscoso, a madera y sus brotes verdes, a tierra ferrosa. Este ambiente no sólo es algo que disfruto con el cuerpo: mi mente se aquieta, se sosiega y las voces que normalmente la saturan se detienen a inspirar el aire circundante. Y justo esta atmósfera me genera necesidades intensas y muy inasibles. Una mezcla entre querer sentarme a leer/escribir/fumar/no fumar/nadar/montar/correr/acostarme/dibujar/pintar/tomar.

¿Cómo se interpreta eso? ¿O qué le contesta uno a las tripas que quieren eso y más? Normalmente, al final, no hago más que tratar de percibir el momento, de inundarme el interior con la atmósfera.

Otra es nocturna y usualmente el aire fresco que escapó de la zambullida del sol trae olores de maderas quemadas, de humo perfumado de aceites y resinas, el silencio solo va aderezado de crepitar de fogatas o el crujido (que me parece delicioso también de manera muy sinestésica) de la tierra y los guijarros bajo las botas. El caminar acompañado de ese sonido me parece un lujo de difícil comparación. Esta atmósfera puede incluir más variables sin que el efecto de trascendencia en mi cuerpo se diluya.

No sé adónde iba con esto. Hace tiempo que siento la necesidad de analizarlo o sacarlo. Tal vez porque mi cerebro quiere medir cada nanómetro cuadrado de mi vida y mi mundo. Pero no creo que sólo sea eso. He tratado, como sabe quien se haya arrastrado por este antro polvoriento, de potenciar la voz de mi instinto y mi cuerpo muy conscientemente a costa de la omnipresente voz de mi cerebro. Y por ello pretendo sólo entender qué quiere mi cuerpo de mi.

Si está cayendo una tormenta, estamos en un desierto en el norte del país y el petricor es distinto al del terruño, con un efecto ingrávido especiado diferente, ¿debo bajarme de mi catre a echar a correr por la margen del río sediento? ¿O debería solo dejar que la presa de mis pulmones se rellene con la lluvia de sabor retenido en la memoria? Porque la otra parte es esa: siento que mi memoria, para cosas importantes, evidentes y concisas se ha ido difuminando con el tiempo. Mientras que el acervo que rebosa de las gavetas de mi mente ha empezado a volverse abstracto, vivencial, sin detalles ni anécdotas. Mas bien ahora consta de paisajes, de olores, de sensaciones curiosas en la tripa y las demás vísceras, de olores y, pues de eso: atmósferas.

Tengo mis teorías respecto a mi memoria, su funcionamiento y lo que pareciera deterioro fisiológico y que yo creo que es falta de uso de ciertos músculos suyos, por llamarles de alguna forma a áreas y conexiones específicas. De momento, no sólo lo digo como la nueva queja diaria contra mí mismo puesto que sé a conciencia que estoy trabajando y desarrollando otras áreas del cerebro que había dejado yo hibernando por más de 15 años. Ya hablaré de ello después.

De momento me voy pensando en otra atmósfera creativa: el aire, ahora sí frío e inmóvil, aclarándose y transparentándose de forma extraña con la luz apenas cálida (de un amarillo pálido) que caracteriza al sol invernal de esta parte del mundo.

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