Ahora sí, ya está bien muerto, frío y agusanado. A lo mejor eso es lo que quería, lo que estaba esperando. Mis otras huellas delatarían que lo anterior es mentira. Pero, ultimadamente, ni yo sé qué pretendo, ni con esto ni con el otro montón de cosas que conforman lo que llamo mi vida.
Otro barco a la deriva. Llevo a cuestas tantos que podrían apodarme Neptuno o Poseidón.
Esto es un poco una queja mía contra mí mismo. Ya me estoy hartando de tu flacidez y tu parsimonia. Soy la voz que te despertaba en las noches con pesadillas. Soy un hambre insatisfecha y tu has decidido ayunar como ermitaño del Antiguo Testamento.
Nada más que oídos sordos. No de nacimiento: forzados a autosilenciarse para sobrevivir a los truenos de la tormenta; cerrados ante el estrépito de los gritos de guerra, de los abusos al prójimo y la violación de la tierra.
Es todo tan cercano y a la vez una poquedad lejana.
Y qué mejor forma de silenciar al pedigüeño que hartándolo de lo que no necesita; rellenando el cadáver con aserrín para que se conserve aunque carezca de vida. Así no dejará de verte nunca a través de los ojos falsos, de las canicas radiantes de la misma ira reprimida. La misma pose rampante que no sirve más que para colgar el sombrero y el paraguas.
¿En qué momento puedo atenderte y atenderme y atenderlos y atendernos? Y más aún, ¿cómo lo hago si a la mitad de ustedes, de nosotros, no nos entiendo? Escucho sus susurros claramente, como el viento cuando arrecia entre las agujas de los pinos, pero esto no significa que conozca su lengua. Que sienta el frío golpe del aire o el roce cálido de su aliento no quiere decir que pueda descifrar los glifos en que se manifiestan. Puedo hasta describir su aspereza o su aroma. Mis otros sentidos se encrespan tratando de compensar lo que el cerebro no puede y/o no quiere comprender. A lo mucho, aspiro a reconocer alguna facción, como la pareidolia de verle rostro humano a un risco de piedra erosionada.
Me piden que transcriba sus lenguas muertas. O mejor, sus lenguas matadas, asesinadas. Porque ya expliqué que fui yo quien las aprisionó y dejó morir de inanición. Preferí cultivar hongos en sus restos que flores en sus tallos.
¿Será ya muy tarde para reaprender lo desaprendido? ¿Puedo reprogramar al autómata viejo con trucos nuevos?
Esto parece declaración de culpabilidad. Pero creo que es, primero, una declaración de inocencia: si supe sus nombres, los he olvidado. Si supe su carencias y deseos, me pasaron de largo. Si pequé de omisión, mi pecado fue omitir primero mi propia voz interna, esa que sugería que hiciera caso de las demás voces.
Luego sí, viene la culpa. La culpa de comprender, en algún punto nebuloso del pasado, que era más fácil seguir no entendiendo algo que pude haber llegado a entender. La culpa de haber dejado la traducción del idioma perdido por haber fragmentado la piedra roseta en un arranque de embriaguez. La culpa de haber dejado que el viento arrancara las velas y las rocas mascaran el casco.
La culpa de haber olvidado que a los prisioneros, mientras que sean prisioneros, se les debe alimentar.
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