Está vez soñé algo similar a una película. Tenía su trama principal y su subtrama, o dos que se entrelazaban.
Según puedo recordar, parte del sueño trataba de que estaba yo en algún lugar muy remoto, algo así como el desierto de Sonora o el istmo de Oaxaca. Lo que sí era un hecho es que tenía que llegar al aeropuerto, porque tenía un vuelo con un destino que solo recuerdo cómo algo fabuloso y muy deseado: un vuelo a Europa para iniciar una vida nueva, por inventar algo, o visitar un lugar que siempre había querido conocer.
Acá se entrelaza el otro sueño, o mejor dicho, la otra trama.
Estaba en una especie de mansión en aquel paraje remoto. La mansión era el escenario perfecto para una novela gótica de misterio: interiores de madera oscura, tapices verdes con figuras curvilíneas color amarillo. Un encanto.
En mi cabeza estaba aquella idea de urgencia por llegar al aeropuerto, pero oh sorpresa, en mi casa gótica estaban amigos y conocidos del pasado lejano: secundaria y preparatoria, a quienes había invitado a festejar dios sabe qué.
La fiesta iba bien, según yo, y al darme cuenta de la necesidad de ya irme, tenía que pedirles que ellos hicieran lo mismo para así poder terminar de arreglarme e irme al aeropuerto —localizado no tan lejos dentro de aquel rincón perdido del mundo donde vivía—.
A fuera, por supuesto, se había soltado una tormenta tremenda en mitad de la noche. Es entonces cuando todos mis invitados decidían que no querían irse todavía. Ignoraban mi petición y seguían conversando entre sí. ¿Quiénes eran? Sólo se me permitió ver las señas particulares de unos cuántos. Sé, o en el sueño sabía, que todos eran conocidos de tiempo atrás, pero rostros vi pocos, en realidad.
Comenzaban a desperdigarse por el caserón y, por algún motivo, comenzaban a esculcar y revolver todas mis cosas: sacar mi ropa de los roperos, leer mis papeles y documentos, revolver la cocina, la sala y hasta mi cuarto. Algunos hasta empezaron a tirar y romper cosas.
Yo me encabroné, naturalmente. Aquello era lo último que necesitaba y la falta de respeto y empatía me parecían apabullantes.
Entonces, me puse a gritar. No sé bien qué, pero grité empujado por el combustible de la ira. Creo haber dicho no sólo groserías, sino cosas similares a ¿Qué clase de seres humanos son si no pueden respetar a una persona ni en su propia casa?, o similares. Mi explosión logró que la mayoría se fuera, cabizbajos y resentidos. Casi los empujé por la puerta principal.
Y cuando me disponía a terminar mi maleta y otros menesteres para la gran aventura, encontré a un grupo pequeño de ellos, la mayoría más conocidos que amigos de verdad, escuchando atentos una historia verdaderamente personal, hiriente, humillante y secreta que les contaba una exnovia.
Estaban fascinados por una historia que en realidad no supe cuál era o sobre qué trataba. La ley del sueño sólo me hacía saber que era algo humillante y patético. Ignoraban mis gritos, amenazas y luego ruegos de largarse de mi casa.
Creo que los dejé ahí, dónde estaban y yo seguí arreglando mis cosas para irme.
El entrelazamiento final con el apuro del aeropuerto está muy poco claro. Creo que el grupito terminaba su historia, la narradora me miraba con desprecio desde su sitio al centro del grupo y se iban una vez terminado el relato. Siento que tuve una especie de momento de debilidad antes de yo mismo largarme de allí.
No recuerdo haber subido a un transporte ni nada. Lo siguiente que puedo aún agarrar de la memoria es estar en medio de un gran valle rodeado de unas cordilleras secas de tamaño descomunal, en medio de la más densa noche y en plena tormenta apocalíptica mirando a unos cientos de metros el aeropuerto desde el interior de un vehículo.
La oscuridad era casi absoluta y solo la rompían los innumerables rayos violetas que cruzaban el enorme cielo iluminando el valle completo.
Y fueron los mismos rayos los que, inesperadamente, comenzaron a golpear los aviones estacionados fuera de los hangares, a los vehículos dentro del aeropuerto, a los edificios. Rayo tras rayo repetían un patrón similar: iluminaban el cielo, bajaban a la tierra, alcanzaban un avión y éste saltaba unos metros en el aire, caía y rebotaba un poco más sobre sus llantas y quedaba rodeado de algunos pequeños relámpagos que navegaban su fuselaje por un momento antes de desvanecerse.
Eran demasiados rayos, la lluvia era demasiado densa, la noche demasiado oscura y supimos —porque en ese vehículo no estaba solo, aunque no sé quién carajos me acompañaba— que, si no corríamos fuera del auto y hacia nuestro avión —cualquiera que haya sido—, éste despegaría sin nosotros y un rayo golpearía nuestro actual refugio.
Lamentablemente, no puedo relatar la conclusión de las tramas porque en ese momento me desperté. Justo antes de salir corriendo del vehículo en medio de aquel diluvio. En general, había sido una noche de sueño entrecortado y tenso. Algún ruido me despertó en la madrugada antes de concebir este sueño raro. Y ahora, al despertar prematuramente del mismo, estoy escribiéndolo todo, antes de que la tormenta de la memoria borre todo rastro de su existencia.
