La sagrada bocina (Sueño 2)

Está vez lo que quedó del sueño al despertarme la alarma fue más vago. Y eso pese a que tomé el celular para redactar tan pronto tuve conciencia de mí mismo. Apenas si rescato aquí lo quedó de las imágenes mayormente inconexas.

No tengo idea de qué otro sueño venía yo saliendo. Lo primero que sí recuerdo es estar en una especie de pueblo de medio pelo. No precisamente feo o decadente, pero si obsoleto y triste, digamos, como si estuvieran recubiertas todas las casas de cierto abandono.

Por alguna buena razón estaba yo con dos amigos: el primero venía llegando de otra ciudad, con maleta y todo; a él, gran amigo de la universidad, hacia años que no lo veía…justo como en la vida real.

Al otro, que ya estaba conmigo en el pueblito, en la realidad lo veo más seguido porque vivimos, al menos por ahora, en la misma ciudad. Aunque la situación financiera no me permite salir a cotorrear tanto como quisiera.

Los detalles, es decir, esa información que siempre sabemos casi por obviedad en los sueños, me son negados mientras escribo: o los olvidé o nunca los tuve. Así que desconozco el motivo de que nos reuniéramos éstas tres personas de la misma profesión, pues ellos dos no necesariamente compartan una gran conexión que yo sepa.

Pero cuando llegó mi amigo de hace muchos años, entramos a un terreno donde había lo que parecían vagones o grandes contenedores de tren en lugar de casas. No, no como el programa de Netflix de sobre las tiny houses. Esas están arregladas y son habitables. Las de mi sueño era sólo vagones viejos de tren que tenían focos adentro instalados…y nada más.

El plan o el supuesto de todos era que dormiríamos ahí, al menos mi amigo a quien no veía hace mucho y yo. Así que comenzamos a instalarnos, ¿qué tanto había que instalar? Nada en realidad. Pero en esos momentos comenzó a diluviar.

Y, puesto que esto no era una verdadera tiny house –ni ninguna clase de casa, en realidad–, los montones de agujeros en el techo se convirtieron pronto en cascadas. Y el vagón en sí pronto comenzó a volverse una piscina.

Pero, curiosamente, a mi amigo y a mi no nos afectaba tanto. Sabíamos,porque sí, que no estábamos en peligro mortal y era, más que otra cosa, una pequeña molestia. Creo que toda esa agua y lluvia se parecían y ahora me recuerdan a esa escena del peliculón Parasite de Bong Joon-Ho, aprovechando que está de moda. Si no la han visto, corran.

Tampoco es que nos valiera enteramente un sorbete. Al principio yo corría al fondo del vagón, intentado encontrar una manera de bloquear las filtraciones, pero por el único motivo de que «se iba a mojar la bocina».

No sé en qué momento, pero a partir de entonces, la bocina —¿de dónde había salido?— era lo único que importaba. Y ya, en pleno aguacero, lo que más nos preocupó fue dónde colocar la bocina de mi amigo para que no se mojara.

Pero, cuando recién descubríamos que podíamos colgarla de una de las paredes porque estaba llena de clavos por lo que, curiosamente, no entraba el agua, entró mi otro amigo.

Abrió las puertas desde fuera y el agua se fue. No se detuvo a preguntar si nos ahogábamos o estábamos bien. Él sólo iba a vernos. A nadie nos importó el milagro de que se vaciara el tanque antes que fuera tarde. Luego, sucedió otra de esas cosas que resultan tan obvias como el aire, dentro del sueño: el amigo que recién abrió las puertas, se quedó fascinado con la bocina de mi temporal roomie.

Éste se la dio para que la viera, pero sólo por unos segundos. Cómo si uno tuviera el Santo Grial en las manos y te pidieran verlo un momentito y ya: contó exactamente cinco segundos y tomó de vuelta la bocina diciendo algo como Sí, sí, sí, yo sé.

Y bueno, mientras escribo esto yo admito, no sé qué rayos pasaba.

Finalmente, luego de guardado el precioso bien, salimos y súbitamente ya era de mañana. Se supone, recuerden, que íbamos a dormir ahí. Cuando entramos e inició el diluvio, apenas había anochecido. Pero tras unos minutos de diluvio y la intervención del abridor de puertas y ¡pum!, ya era de día afuera y teníamos, ahora sí, que dirigirnos rápidamente. Parece ser que a otro pueblo, desconocido y vago, pero en el que supuestamente íbamos a trabajar restaurando. Es todo lo que sé.

Al final ni el pueblo se inundó, ni nosotros. Creo que al abrirse las puertas ya estábamos todos secos.

Y no. No por soñar con agua amanecí mojado yo, por suerte. El enigma principal para mí, en realidad, es: ¿por qué rayos sería tan importante la condenada bocina?

Imagen tomada de este tablero de Pinterest

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